Como quiera que el tiempo pasa para todos inexorablemente, también pasa para mí y eso se refleja en asuntos administrativos como, por ejemplo, la renovación del carnet de conducir, para el que se necesita volver a pasar el reconocimiento médico y psicotécnico de aptitud.

Y eso es justamente lo que he ido a hacer hoy, aprovechando que nos pillaba de camino (antes de ver a 明子).

Este asunto, trivial donde los haya, no debería haber supuesto un nuevo artículo en este blog, pero la surrealista vivencia nos ha provocado la necesidad de contarlo y fotografiarlo (¡lo que hubiera pagado por una cámara oculta!).

Por una parte, lo evidente: la consulta está situada en un precioso edificio muy muy céntrico de la ciudad, en uno de esos edificios de más de un siglo de antigüedad, con techos altísimos (alrededor de 5 metros, seguramente) que es, por qué ocultarlo, nuestra casa soñada. Ya solo describir este sitio es suficiente para ponernos delante del ordenador.

Pero es que, lo surrealista ha sido que, nada más llegar alguien, con tono más propio de taberna que de consulta médica, ha afirmado (aunque supuestamente era una pregunta) que si yo iba a hacerme el chequeo.

A mi afirmativa respuesta, nos ha enviado a la sala de espera, un enorme cuarto de techos infinitamente altos, con muebles de estilo antiguo y un ventanal que sería la envidia de cualquier loft de Nueva York.

Sin tener tiempo de sentarme, ha aparecido una señora que, extrañada, me ha preguntado que por qué no pasaba ya a su despacho (!?).

Tras llegar a su despacho, me he quitado la camisa para ser auscultado y, como si de una violación se tratara, he salido en menos de un minuto, con la camisa por fuera y con un papel en la mano, sin más explicaciones, a excepción de la típica frase "espere a que vuelvan a llamarle".

Yo me encontraba como Alicia en el País de las Maravillas; todo el mundo me daba indicaciones, todo el mundo sabía lo que tenía que hacer y todo era extraordinariamente burocrático, con papeles para aquí y para allá, en una consulta absolutamente vacía de clientes.

Tras volver a la sala de espera, otra señora (por cierto, con actitud de querer marcharse tras su jornada de trabajo, seguramente poco estresante) y, de nuevo extrañada por no ir a su despacho, me ha indicado el camino.

Obviamente, mi camisa seguí fuera del pantalón.

Tras hacerme la prueba de audición (¡¡¡con un diapasón!!!, ¡viva la tecnología punta!), he pasado, con creces, la de vista (mis euritos me costó, oiga).

Por fin, de vuelta a la sala de espera en la que nunca antes he esperado, he podido sentarme y hacer algunas fotos.

En unos pocos segundos, hemos sido llamados para entregar y recibir papeles.

El carnet llegará a casa en un mes… pero yo no entenderé nada de lo ocurrido, al menos, hasta que vuelva por allí…

…pero eso será dentro de bastantes años.

 

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