De nuevo Sánchez Dragó nos sorprende por no sorprender, por ser más de sí mismo, en uno de sus artículos edificantes y llenos de crítica mordaz.

Tanto en el estilo como en el fondo, podríamos firmarlo nosotros, palabra por palabra.

Por ello, nos limitaremos a reproducir enteramente su texto, extraído de un blog que hospeda en el diario El Mundo. Tan solo nos tomaremos la libertad de subrayar las frases con las que estamos especialmente de acuerdo.

Punto de fuga

Korean Air

Ya estoy, desde el domingo, en mi amada Bangkok: la ciudad más abierta del mundo, la ciudad más divertida del mundo, la ciudad más sexy del mundo…

Sólo en Tokio se come mejor que aquí. Es otro aliciente.

El viernes salgo hacia Birmania. Pasaré allí todo el ciclo navideño. En víspera de Reyes aterrizaré en Vientian.

Antes viajaba para llegar a algún sitio, cuanto más distante y distinto, mejor.

Ahora viajo para alejarme de España. Cuanto más lejos, mejor.

Pejigueras. Las hay, las hay, incluso aquí.

Enumero algunas…

La horda turística. De eso ya no hay quien se libre. No la puedo soportar. Chancletas, bermudas, barrigas prominentes, cámaras de vídeo…

Estupidez, estupidez, estupidez.

El puterío, que llega a ser atosigante. Te acosan hasta en el desayuno. A las siete de la mañana aún siguen las peripatéticas haciendo su ronda en las cercanías de los hoteles. No madrugan. Trasnochan. Ya son ganas.

Los precios, que se han disparado. La Bangkok barata pasó a la historia, y todo por culpa de los turistas, esos cretinos dispuestos siempre a pagar cinco veces más de lo que pagan los indígenas. Y encima creen que van de chollo en chollo.

Ya sé, ya sé que los borregos también tienen derecho a viajar en un mundo democrático, pero derecho mío, al que no pienso renunciar, es el de decir que sería mejor para mí, para los países que devastan e incluso para ellos mismos, quedarse tranquilitos en sus casas o irse, en todo caso, a Benidorm.

Lo único que en Bangkok sigue siendo, de verdad, barato es la comida callejera, la de los carritos, la de los chiringuitos, que humean, de sol a sol, en todos los rincones de la ciudad. Casi siempre recurro a ellos. La calidad de lo que sirven es superior a la de los restaurantes, fresca, limpia, variada… Por dos euros llenas a gusto la andorga. Sin alcohol, claro.

Impresión, eso sí, de asombrosa prosperidad. Ignoro de dónde sale. Bangkok hierve: coches caros, rascacielos de impecable factura, hotelazos, muchachitas peripuestas, escaparates de grandes marcas, centros comerciales, emporios, restaurantes de lujo…

Y todo lleno a rebosar.

¿Se avecina una burbuja? Ni lo sé ni me importa. No es asunto mío.

Punto de fuga, decía… Para huir de Vandalia se requiere un avión, porque si lo hacemos por tierra llegaremos a Europa y eso es como pasar de Guatemala a Guatepeor.

Bueno… Peor, no, pero casi igual de malo.

¿Y qué avión? La duda ofende: uno del sudeste asiático. Brutal es la diferencia que existe entre las líneas aéreas de esa zona y las europeas. Se palpa ahí la decadencia de Occidente.

Para Tailandia, Birmania, Camboya y Laos, la Thai. Es perfecta. Con ella, una vez más, he volado hasta aquí. Ni un reproche. Sólo plácemes.

Para Japón, la Jal, que tras pasarlas canutas ha vuelto a levantar cabeza. Sus alas son de mariposa. Podrían llamarla Madame Butterfly. Hace mucho que no viajo con la Ana, pero supongo que también es exquisita. Los japoneses siempre lo son.

Y para cualquier parte, la Korean, que es en estos momentos la mejor compañía del mundo, y no por casualidad, sino por causalidad. El país que le da nombre sube como la espuma de un buen champán. Está devorando Asia sin dañar a nadie. China, por mucho que presuma, no le llega a la suela de los zapatos de tacón. El futuro es de Corea. Coreanas son las chicas más alegres, más listas y más monas de Asia. Nueva York está en Seúl. Milagros de la economía liberal. ¿Y si tomáramos ejemplo?

Imposible. España cruje, España ruge, España muge. Los españoles sólo saben quejarse.

Tampoco eso es asunto mío. Quedó atrás.

Aquí todos sonríen. Yo también.

 

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