El autobús nos va internando cada vez más en la remota zona montañosa que nos servirá de refugio esta noche.
La lluvia cae incesántemente calando el camino, los árboles y el paraje en su conjunto, avivando los colores de todo el entorno, consiguiendo que el verde oscuro de los bosque nos envuelva, mientras, muy de vez en cuando, se adivina entre la espesura algun puente de vivo color.

La luz ha ido cayendo y, sumado al efecto del clima, se perciben los detalles del paisaje con cierta dificultad.
Llegamos a la casa, una hermosa construcción medieval de la que sus dueños tienen motivos sobrados para sentirse orgullosos.

En la entrada nos descalzamos para acceder al interior.
La señora nos muestra la sala de estar, donde un estupendo fuego calienta la estancia en un hueco del suelo que hace las veces de hoguera o chimenea, el olor del fuego hacia la estancia muy agradable.

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