Cada vez que nos ponemos a mirar algunas fotos de los viajes que hemos hecho este año o de las dos bodas que hemos celebrado, nos invade una sensación difícil de describir. Podríamos describirla como "envidia de nosotros mismos". Todavía no somos capaces de creernos todo lo que hemos sido capaces de hacer y, por mucho que intentemos contarlo con pelos y señales, resulta muy difícil que nuestros interlocutores alcancen a entenderlo en toda su inmensidad.

Resulta muy habitual que la gente nos pregunte si "merece la pena" tal o cual viaje o visita a un lugar determinado. Suponemos que será una forma, aunque poco apropiada, de preguntar si nos ha gustado el viaje y cuánto nos ha gustado.

Quizás lo más difícil de todo es intentar explicar lo increíblemente alucinante que resulta viajar por el hecho de viajar; sin ataduras, sin una programación detallada del viaje, sin hacerlo en viaje organizado con un autocar donde un guía te va contando de forma desnaturalizada un montón de datos anecdóticos que poco o nada te importan.

Porque el verdadero viaje, para nosotros, es cualquiera de los que hemos hecho este año, sobre todo, pero también los anteriores: donde cada minuto existe el riesgo de que algo salga mal, donde el contacto con los lugareños resulta vital para poder encontrar una ruta, un lugar donde dormir o comer, o un hito del viaje que está en nuestra mente y queremos conocer.

Hemos cruzado desiertos y frondosos bosques, montañas y llanuras de hierba donde la vista se pierde en el horizonte, templos de día y de noche donde los rezos se mezclan con el sonido de la lluvia, lugares donde un europeo hace tiempo que no pasa por allí o donde la gente se nos quedaba mirando extrañada porque raras veces antes se había cruzado con un occidental…

Ahora que se acerca el fin de este irrepetible e inolvidable año, queremos acabarlo como lo empezamos, porque es la forma de cerrar un círculo espiritual que comenzó hace casi 365 días en los que nos planteamos hacer una gran locura, sin contar con nadie que no fueramos nosotros mismos.

Porque el mundo está ahí fuera, para conocerlo, para disfrutarlo, para vivirlo.